2 meses

Imagen de Anoia

Anoia

26/06/2018

Los problemas de concentración que tanto me preocupaban no se han ido pero sí mi urgencia por resolverlos. Pasados los plazos sin entregar los correspondientes trabajos una simplemente lo acepta, se alaba por lo que sí llegó a hacer dadas las circunstancias e intenta salvar los muebles. Al fin y al cabo nada de lo hecho se ha perdido y aún puedo retomarlo en unos meses. Lo que queda aún para septiembre requerirá más horas de las esperadas, pero saldrá.

De la meditación y la respiración poco resultado obtuve, requería tanto esfuerzo intentar relajarme, controlar el aire y al mismo tiempo no pensar en nada que enseguida sentía que lo estaba haciendo mal y me ponía de los nervios. Sigue siendo muy útil el deporte, aunque con resultados menos espectaculares que los iniciales; me cuesta motivarme, pero cuando lo hago vuelvo a casa como nueva.

Al final funciona lo de siempre: fuera distractores, sentarse "comido, bebido y meado", un sitio fijo, tranquilo y silencioso, temperatura adecuada, planificación realista, con más tiempo del que uno piensa que necesita, etc. Ya había eliminado mis cuentas de Twitter y Facebook y silencié el resto de notificaciones, pero ahora además sólo miro el correo una vez al día e intento coger el móvil para cosas concretas; nada de tontear indefinidamente, sólo navego durante el desayuno y la infusión de la noche.

También me obligo a leer otras cosas que no sean de la carrera, y, esto ha sido importantísimo, a dedicar media hora seguida exclusivamente a esa lectura. Es increíble la de veces en apenas 30 minutos que llega el tirón para hacer otra cosa: mirar al infinito, ir por un vaso de agua, buscar en internet información de algo que estoy leyendo, comentar el libro a mi marido, cerrar la ventana porque refresca o mandar a la mente de paseo con los ojos fijos en la página. Querer fumar es solo una de tantas. Ahora estoy leyendo una obra de divulgación científica algo compleja y me fuerzo a volver atrás una y otra vez hasta estar segura de que entiendo todo.

Dejar el tabaco para mí está implicando un cambio de hábitos en cadena que parecen muy pequeños pero acaban siendo radicales, hasta el punto de recuperar cosas que ni siquiera sabía que había perdido. Hace cinco años di de baja mi coche, y con él el único lugar en el que aún conectaba la radio o un cd, porque el transporte público es demasiado ruidoso. Pese a tener un servicio de streaming en el móvil ni se me había ocurrido usarlo hasta que salí a caminar con una lista de canciones para no aburrirme. Estaba tan habituada (y agradecida) a este silencio alemán que ni se me pasaba por la cabeza tener "música de fondo". Ayer la escuché bien alta mientras cocinaba y disfruté, no sólo de cocinar -que llevaba tiempo convertido en una penosa obligación llamada "hacer de comer"-, sino de una alegría traída de conciertos y festivales, de tantas horas felices de mi vida, que comprendí cuánto la había estado necesitando sin saberlo. Y pensé que a lo mejor no es que la vida sea aburrida o carezca de sentido sin tabaco, sino que yo la había ido vaciando de contenido, tapando aquellos nichos con una cortina de humo.

En mis viejos diarios de la veintena reluce aquí y allá un sentimiento recurrente "pierdo el tiempo sintiéndome culpable por perder el tiempo". Tenía entonces mis razones: curro de mierda, mini-habitación en un piso compartido, nada de dinero, fracaso total en la universidad, problemas familiares, relaciones sentimentales fallidas, amistades poco convenientes y me evadía en la lectura, el alcohol y otras cosas, fumando un pitillo tras otro, hasta 40 por día. Estaba, eso sí, la emoción de la adultez recién estrenada y un futuro luminoso, cuando aún no sabía que mi tierra se erigía sobre una falla económica y social que arrojaría a millones al abismo. Hoy, tan moderada y responsable, en este piso tan grande, en este país tan rico, sin necesidad perentoria de currar en lo que sea, sin vacaciones en New York, pero con la nevera llena, vuelvo a sentirme culpable por ofrendar mis horas de vida a la Nada y pienso en fumar; pero hago memoria y veo que esto no es nuevo. Como en el cine de fantasmas: ¡Era yo! Siempre fui yo.