La Estrategia Del Olvido.

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Robel

31/08/2010

(Compartí este breve artículo, previamente, en otros foros de Internet. Hoy lo dejo también aquí, a disposición de ustedes. Me ha ayudado mucho escribirlo. Espero que les sea útil leerlo. Con cariño, Robel Merech Trenti.).

LA ESTRATEGIA DEL OLVIDO.

Cuando se dispersa el avisado impulso de leer, aparece el desatinado deseo de escribir. Parece terapéutico. Pero es fisiológico. Casi como ir al baño. Y ambas actividades pueden desarrollarse hoy día en un mismo y novedoso emplazamiento: la computadora personal; por no decir netbook, temiblemente más portátil. La mala noticia es que, además, uno cuenta con la posibilidad adicional de perturbar al prójimo, esto es, publicar aquellos desvaríos intelectuales que compone, productos -en mi caso- de la abstinencia tabáquica mezclada con una nativa desprolijidad conceptual de la cual soy socio vitalicio, en Internet, panfleteándole la vida a nuestros vecinos digitales, personas como usted, desprevenidas y adscritas al buen gusto, quienes, de pronto, son timadas, sumergidas en la lectura de un pasaje complejo, tapiado de rebuscadas subordinadas, que no dice nada, más bien al contrario, indice, si pudiera expresarse así, aunque sí induce al declive de un solapado cansancio mental que, en virtud de la prosecución del texto, se descubre desasosiego, cuando no lisa y llana pesadumbre.

Cada uno de nosotros tiene alguna virtud guardada para agregarle a la vida al dejar de fumar; cosas que fue quitando poco a poco, de manera inconsciente, en tanto se enganchaba al vicio. Y ahora, en la medida que mantenemos la abstinencia, las brumas mentales desaparecen y comenzamos a divisar el viejo y querido paisaje de nuestras vidas, ése en el que aún eramos sanos y libres, inocentes de humo, vírgenes de tabaco. Haciendo retrospectiva, vislumbro allí pequeñas felicidades, sutiles preferencias, cálidos pasatiempos, todos en su momento soslayados -sistemática y despóticamente- por la progresiva enfermedad del fumar. En esos años me gustaba escribir, jugar con las palabras, contar historias, inventar párrafos jocosos o delirantes como el del comienzo de este texto. Lo hacía por puro placer. Y recién hoy, dos décadas y media después de haber pitado como un loco, me encuentro de nuevo, gratamente sorprendido, desempolvando vocablos en el caduco potrero de mis ideas.

Fumar no acompaña nuestras actividades favoritas. Las desaloja. Es un proceso lento que no puede mensurarse. Un truco con mago prófugo. Opera de tal forma que sólo nos deja gozar las migajas de aquello que lo vincula o lo asocia. Pues, desde el primer pensamiento de la mañana hasta el último de la noche, la nicotina interviene la mente, ensucia los deseos, crea condicionamientos que modulan el carácter y cercenan la libertad, como la correa que atamos al perro para llevarlo de paseo. Es una suerte de socio interior, tirano y caprichoso, al cual debe consultarse cada uno de los actos de nuestra vida. Yo, por ejemplo, elegía el lugar donde cenar no en función de la calidad de la comida sino merced a la existencia del sector fumador; lo mismo me sucedía con los bares: terminaba sentado a esas mesitas arrojadas en los bordes de las veredas, muerto de frío en invierno, deshidratado en verano, pero ridículamente aferrado a mi eterno cigarrillo.

Sé que todos los fumadores somos conscientes de estos hechos; en rigor, podemos encontrarlos escritos en diversos sitios y foros de la red. No obstante a mi me sirve repetirlos para evitar distracciones. En tanto se suceden los meses de abstinencia, mientras mi contador de días sin humo se acerca a la anhelada tercera cifra, advierto que el tabaco posee una última trampa, acaso la más sutil y peligrosa de su haber: la de hacernos olvidar. No sólo los flagelos a los que nos sometíamos voluntariamente mientras fumábamos, sino también los esfuerzos invertidos en el arduo proceso de abandonar el vicio. Sospecho que las reincidencias no son causadas tanto por el deseo de fumar, sino, más bien, por el olvido del sufrimiento que nos ocasionaba seguir haciéndolo.

Redescubrir nuestros relegados placeres pre tabáquicos, volver a darles su espacio y valor, recordar qué eramos y qué hacíamos cuando no fumábamos, pueden ser herramientas importantes a la hora de hacerle frente al síndrome de abstinencia. Porque recordar es también una manera de reconstruirnos, un puente hacia aquel pasado libre de humo en donde supimos ser felices.

2 comentarios

Me quito el sombrero ante tu siguiente advertencia y subrayo:

" EL TABACO POSEE UNA ÚLTIMA TRAMPA, LA MÁS SUTIL Y PELIGROSA DE SU HABER: LA DE HACERNOS OLVIDAR. NO SÓLO LOS FLAGELOS A LOS QUE NOS SOMETÍAMOS MIENTRAS FUMÁBAMOS, SINO TAMBIÉN LOS ESFUERZOS INVERTIDOS EN EL ARDUO PROCESO DE ABANDONAR EL VICIO"

¿Cómo demonios influye la nicotina en nuestro cerebro? Tras breves toqueteos con el amado cigarro, siento su sabor totalmente repulsivo, su olor nauseabundo y aún así me sigue atrayendo haciéndome zancadillas con su mal sabor y el desagradable olor que deja en dedos y boca.

Recordáis esos primeras caladas, los primeros cigarros a escondidas???  Así me supo sus últimas caladas realmente asquerosas, pero aún así no consigo olvidarlo, Es como si se disfrazara dentro de ese mal sabor y mal olor, para darnos confianza y volvamos a recaer.

Un saludo a todos y NO BAJÉIS LA GUARDIA.

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Enviado por exfumadora el Mar, 31/08/2010 - 20:36

Se puede dejar de fumar, y hacerlo además con estilo (literario). Gracias Robel por tus reflexiones, y por hacernos disfrutar un poco dentro de la batalla.

¡Y enhorabuena por tus 6 semanas! 

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Enviado por Mithril el Mié, 01/09/2010 - 09:35